Una mañana de enero de 1971, mi nonno y mi papá aparecieron con una sorpresa que, mi hermana y yo, creímos, era un regalo de Reyes.
Qué felicidad teníamos! Nunca, la presencia de dos seres vivos, nos había dado tanta alegría. Saltábamos, corríamos, gritábamos, cantábamos alrededor de los recién llegados que habían venido para quedarse con nosotras.
Desde el primer momento, Coca y yo, nos organizamos para atenderlos y cuidarlos. Eran tan chiquitos, mimosos, tiernos que solo nos inspiraban abrazarlos y besarlos hasta que, fastidiados, comenzaban a mover el cuello y menear la cabeza intentando zafarse del martirizante cariño que no hacía más que asfixiarlos.
Nosotras estábamos convencidas de que nos llamaban "mamá".
-Mamáaaaaa, mamáaaaaaa...-gritaban ellos con un vibrato mal impostado.
-Ves? Me dijo mamá! Ay! Qué cosita linda; mi chiquitito precioso...- decía, abalanzándome sobre uno de ellos, colgándome de su cogote.
Los vecinos del barrio, se asomaban, asombrados, a chusmear y no podían creer que tuviésemos esas cosas ahí, en el terreno baldío que estaba al lado de nuestra casa, en una zona residencial.
Para nosotras, no resultaba una situación extraña: mi familia siempre tuvo actitudes excéntricas, quizás, a causa del trauma post guerra o tal vez, porque, simplemente, estaban todos locos.
Mi padre tenía un
gran jaulón con perdices, faisanes, pigmeos, búhos, palomas buchonas; habíamos tenido cuises, comadrejas, conejos, gallinas y, en una época, tuvimos un pingüino, que nos trajo un primo desde el sur. El pobre murió calcinado pues, lo habían dejado en el mismo terreno baldío, sobre una chapa y, por más que lo manguereábamos por turnos con un chorrito de agua para refrescarlo, no pudo soportar el calorón porteño.
Por eso, la llegada de los chivitos, esa mañana de enero, nos fascinó porque se agregaban unas mascotas adorables a nuestro zoológico casero de locos, pero nunca se nos ocurrió pensar que eran animales, al menos, singulares como para domesticar en una casa de familia.
Ya ni recuerdo el nombre que le habíamos puesto. Posiblemente, dadas las limitaciones intelectuales, mi papá nos habrá sugerido algo como Chi y Vito y es probable que no nos hayamos opuesto a semejante genialidad.
Chi y Vito eran, definitivamente, unos chivos felices. Mi hermana y yo pasábamos mucho tiempo jugando con ellos; habíamos desarrollado un peculiar instinto maternal que hacía que nos derritiéramos de amor, cada vez que uno de ellos nos llamaba "mamáaaa", con el vibrato sostenido mal impostado.
Cuando comenzaron las clases, Coca y yo, llorábamos porque no queríamos dejarlos solitos por tantas horas pero, ni bien volvíamos de la escuela, corríamos a abrazarlos, pisando el campo minado de cagaditas, esas que son redonditas y oscuritas como arándanos, empastando la suela de nuestros zapatos. No nos importaba nada; los adorábamos.
Pero un día como el de hoy, exactamente un día 23 de Diciembre, mi nonno y mi papá, se convirtieron en monstruos y marcaron nuestras vidas, la mía y la de mi hermana Coca, para siempre.
Esa mañana, estábamos jugando en el terreno baldío minado, con nuestras amadas mascotas. Nunca habían repetido la palabra "mamáaaa", en vibrato sostenido mal impostado, tan seguido, tan claramente como ese día. Coca, agachada frente a ellos, insistía en enseñarles a decir "papá", cuando los vimos llegar, con los ojos inyectados en sangre, munidos de sogas, grandes cuchillas y bolsas de rafia.
-Salgan de acá. Vayan a su casa- ordenó mi nonno en dialetto piacentino
-Por qué? Estamos jugando- pregunté inocente
-Porque si. Porque con tu papá, tenemo un trabaco que hacer.
-Qué trabajo? Vayan a otro lado a trabajar!- replicó la Coca
-No, nena! El trabaco é acá, con lo chivo. Váyanse! Marche a casa!- y de una patada en el upite nos impulsó en dirección a nuestro hogar.
Sin embargo, mi hermana yo, nos quedamos, detrás de un pilar de cemento, espiando. Queríamos ver qué le harían a nuestros juguetes cornuditos. Y vimos... Vimos todo, llorando en silencio, con sufrimiento afónico...
Qué dolor! Qué desconsuelo! y, a la vez, qué odio, qué desprecio...
La Nochebuena fue una mierda. Los adultos comían como fieras, haciendo ruidos desagradables, haciendo comentarios acerca del sabor de cada presa, (podrían haberlos evitado). Nos daba asco verlos comer. Nos irritaba que fuesen tan felices con el banquete que no era cualquier banquete.
Mi hermana y yo hicimos ayuno. Una abstinencia por angustia, por tormento, por desconsuelo. Varios días ayunamos; sentíamos náuseas, amargura, tristeza. No podíamos creerlo.
Fué la única vez que le deseé la muerte a alguien; yo era demasiado pequeña para pensar en eso y me asusté.
Mi mamá, ya pipona de tanto comer, se acercó para contenernos y explicarnos, a su manera:
-Ma déquense de corobar! Basta de pavadas, estúpidas! A los animales hay que matarlos para comerlos o no lo sabían? Ustede no saben lo que se están perdiendo; está de riiicoo... Déquense de hacerse las víctimas y siéntense a la mesa que hoy es Nochebuena y mañana Navidá. Taradas!
Fué una suerte que mi vieja diera con las palabras justas en el momento indicado...