Pecados Capitales
by una ama de casa dignamente mediocre
diciembre 30, 2008
FELIZ 2009 PARA TODOS!!! (pero más mejor, para quienes dejen un comentario en este blog)
La gente se queja durante todo el año pero en diciembre se queja más.
No recuerdo un año, en toda mi vida, en el que no haya escuchado a alguien decir, en el mes de diciembre, que espera ansioso a que llegue el año nuevo porque el que se está yendo resultó una tortura. "Que se vaya pronto este año de mierda!"; "no veo la hora de que se acabe éste y comience el otro a ver si mejoran las cosas".

Cada diciembre, de mis cuatro décadas, es lo mismo: las personas, en general, reciben ansiosas al año nuevo como si, en este juego de vivir, se tratase de barajar y dar de nuevo o, lo que es mejor, cambiar de naipes para ver si si esta nueva baraja trae, al fin, una buena racha.

Cuando pregunto a los quejosos por qué consideran que el año que se está por ir resultó tan terrible, al punto de esperar impaciente a que se extinga por fin, me responden haciendo una lista de eventos negativos sucedidos a través de los meses. Inmediatamente, caigo en la cuenta, que esas mismas personas son las que siempre, todos los fines de año, todos los diciembre, se lamentan por las mismas u otras cosas diferentes. Pero es que no han habido años buenos? No han habido detallecitos que hicieron equilibrar la balanza de los resultados finales? Si llegaron hasta acá, no es razón suficiente para que el balance dé, al menos, empatado? Si esos momentos difíciles fueron superados o resistidos, no se les ocurre evaluarlos como positivos?

Qué manía tiene la gente de quejarse por el año que se va! Qué manera de ser ingrato!
Seguramente, ellos, dentro de mucho tiempo, compararán y dirán, pelotudamente, que este año fué infinitamente mejor que aquel que están dejando ir con esperanzas de que el próximo sea diferente.
Somos enroscados los seres humanos...

Tenemos que aprender a encontrar el costado positivo a los percances.

1) Si perdiste el trabajo y estás desocupado:

Acaso no te quejabas de que estabas necesitando unas buenas vacaciones y tiempo libre? Ahí las tenés; todas para vos. Podés levantarte a la hora que quieras, ver los programas de chimentos que dan por la tarde; andar en short y ojotas por la casa; dormir siesta y tenés todo el tiempo del mundo para arreglar esos cueritos de las canillas, engrasar las bisagras de las puertas y cambiar el sifón de la pileta de la cocina que siempre se tapa.

2) Te entraron a robar un día en que no estabas y encontraste la casa revuelta.

No era hora de que tiraras todas esas porquerías que acumulabas en los placares? Acaso, no aprovechaste para hacer una limpieza de chucherías que, si no fuese por los ladrones que te las dejaron desparramadas por el suelo, ni te acordabas que las tenías? No te queda, ahora, más espacio en la casa, en los cajones o los estantes?

3) Todo aumentó, menos tu sueldo. No te alcanzó el dinero y te las pasaste haciendo malabarismos para llegar a cada fin de mes.

Gracias a eso, aprendiste a valorar lo poco que tenés. Además, pusiste en práctica, al fin, aquello que te enseñaron en el colegio secundario y que siempre te preguntabas para qué mierda te serviría en la vida: contabilidad y matemáticas; el debe y el haber, pasivo y activo, deudores y proveedores, balances parciales, cartas documento, morosidad...
El ejercicio mental que hiciste durante todo el año, contribuyó a foguear tus neuronas y eso es muy bueno para retrasar el alzheimer.

4) Te separaste.

Peor hubiese sido que tu cónyuge quedase viudo/a! Estas vivo y tenés una nueva oportunidad. No cualquiera tiene segunda chance de rahacer su vida.
Ahora, podrás comer y dejar los platos acumulados sin que nadie te reprenda por eso. Podés dejarte el mismo calzón por días, bañarte cuando se te canta, tirar la ropa al piso y pasar caminando por sobre ella sin que una voz te reproche por lo desconsiderado que sos. Podés comer papas fritas en la cama, fumarte un porro, dejar de cortarte las uñas de los pies...
Claro, todo esto, hasta que consigas un (o una) candidato al puesto vacante.

5) Tu hijo fuma paco.

Peor sería que fuese ladrón o del grupo quebracho o emo o skinhead.
Cambiáselo por un salamín con queso y compartan una rica picada. En los momentos difíciles es cuando se estrechan los vínculos más fuertes.

6) Descubrieron que tenés una enfermedad crónica e incurable.

Ahora vas a ver la vida de otro color. Vas a encontrar la belleza en cada cosita, el encanto en cada persona. Vas a vivir y a aprovechar cada minuto con la plenitud que deberías haberla vivido siempre. También, comenzarás a recibir la visita de aquellos que, creías, te habían olvidado. Vas a ser el centro de atención. Todos te verán bueno y bonito.


De todo lo malo puede sacarse el aspecto positivo. Depende de vos encontrarlo...




Pensamiento en voz alta.

Mis deseos para el 2009 se solidarizan con aquellos que sí tienen motivos para pensar que éste 2008, fué un año de mierda. Son las únicas personas que tienen derecho a tener deseos extorsivos para el año que viene.

Que aparezca Sofía y todas las Sofías.


Que se mueran los feos.

Un milagro...
diciembre 23, 2008
A la memoria de Chi y Vito (Q.E.P.D.)
Una mañana de enero de 1971, mi nonno y mi papá aparecieron con una sorpresa que, mi hermana y yo, creímos, era un regalo de Reyes.
Qué felicidad teníamos! Nunca, la presencia de dos seres vivos, nos había dado tanta alegría. Saltábamos, corríamos, gritábamos, cantábamos alrededor de los recién llegados que habían venido para quedarse con nosotras.
Desde el primer momento, Coca y yo, nos organizamos para atenderlos y cuidarlos. Eran tan chiquitos, mimosos, tiernos que solo nos inspiraban abrazarlos y besarlos hasta que, fastidiados, comenzaban a mover el cuello y menear la cabeza intentando zafarse del martirizante cariño que no hacía más que asfixiarlos.

Nosotras estábamos convencidas de que nos llamaban "mamá".
-Mamáaaaaa, mamáaaaaaa...-gritaban ellos con un vibrato mal impostado.
-Ves? Me dijo mamá! Ay! Qué cosita linda; mi chiquitito precioso...- decía, abalanzándome sobre uno de ellos, colgándome de su cogote.

Los vecinos del barrio, se asomaban, asombrados, a chusmear y no podían creer que tuviésemos esas cosas ahí, en el terreno baldío que estaba al lado de nuestra casa, en una zona residencial.
Para nosotras, no resultaba una situación extraña: mi familia siempre tuvo actitudes excéntricas, quizás, a causa del trauma post guerra o tal vez, porque, simplemente, estaban todos locos.
Mi padre tenía un gran jaulón con perdices, faisanes, pigmeos, búhos, palomas buchonas; habíamos tenido cuises, comadrejas, conejos, gallinas y, en una época, tuvimos un pingüino, que nos trajo un primo desde el sur. El pobre murió calcinado pues, lo habían dejado en el mismo terreno baldío, sobre una chapa y, por más que lo manguereábamos por turnos con un chorrito de agua para refrescarlo, no pudo soportar el calorón porteño.
Por eso, la llegada de los chivitos, esa mañana de enero, nos fascinó porque se agregaban unas mascotas adorables a nuestro zoológico casero de locos, pero nunca se nos ocurrió pensar que eran animales, al menos, singulares como para domesticar en una casa de familia.

Ya ni recuerdo el nombre que le habíamos puesto. Posiblemente, dadas las limitaciones intelectuales, mi papá nos habrá sugerido algo como Chi y Vito y es probable que no nos hayamos opuesto a semejante genialidad.

Chi y Vito eran, definitivamente, unos chivos felices. Mi hermana y yo pasábamos mucho tiempo jugando con ellos; habíamos desarrollado un peculiar instinto maternal que hacía que nos derritiéramos de amor, cada vez que uno de ellos nos llamaba "mamáaaa", con el vibrato sostenido mal impostado.
Cuando comenzaron las clases, Coca y yo, llorábamos porque no queríamos dejarlos solitos por tantas horas pero, ni bien volvíamos de la escuela, corríamos a abrazarlos, pisando el campo minado de cagaditas, esas que son redonditas y oscuritas como arándanos, empastando la suela de nuestros zapatos. No nos importaba nada; los adorábamos.

Pero un día como el de hoy, exactamente un día 23 de Diciembre, mi nonno y mi papá, se convirtieron en monstruos y marcaron nuestras vidas, la mía y la de mi hermana Coca, para siempre.

Esa mañana, estábamos jugando en el terreno baldío minado, con nuestras amadas mascotas. Nunca habían repetido la palabra "mamáaaa", en vibrato sostenido mal impostado, tan seguido, tan claramente como ese día. Coca, agachada frente a ellos, insistía en enseñarles a decir "papá", cuando los vimos llegar, con los ojos inyectados en sangre, munidos de sogas, grandes cuchillas y bolsas de rafia.

-Salgan de acá. Vayan a su casa- ordenó mi nonno en dialetto piacentino
-Por qué? Estamos jugando- pregunté inocente
-Porque si. Porque con tu papá, tenemo un trabaco que hacer.
-Qué trabajo? Vayan a otro lado a trabajar!- replicó la Coca
-No, nena! El trabaco é acá, con lo chivo. Váyanse! Marche a casa!- y de una patada en el upite nos impulsó en dirección a nuestro hogar.

Sin embargo, mi hermana yo, nos quedamos, detrás de un pilar de cemento, espiando. Queríamos ver qué le harían a nuestros juguetes cornuditos. Y vimos... Vimos todo, llorando en silencio, con sufrimiento afónico...
Qué dolor! Qué desconsuelo! y, a la vez, qué odio, qué desprecio...

La Nochebuena fue una mierda. Los adultos comían como fieras, haciendo ruidos desagradables, haciendo comentarios acerca del sabor de cada presa, (podrían haberlos evitado). Nos daba asco verlos comer. Nos irritaba que fuesen tan felices con el banquete que no era cualquier banquete.
Mi hermana y yo hicimos ayuno. Una abstinencia por angustia, por tormento, por desconsuelo. Varios días ayunamos; sentíamos náuseas, amargura, tristeza. No podíamos creerlo.

Fué la única vez que le deseé la muerte a alguien; yo era demasiado pequeña para pensar en eso y me asusté.
Mi mamá, ya pipona de tanto comer, se acercó para contenernos y explicarnos, a su manera:

-Ma déquense de corobar! Basta de pavadas, estúpidas! A los animales hay que matarlos para comerlos o no lo sabían? Ustede no saben lo que se están perdiendo; está de riiicoo... Déquense de hacerse las víctimas y siéntense a la mesa que hoy es Nochebuena y mañana Navidá. Taradas!

Fué una suerte que mi vieja diera con las palabras justas en el momento indicado...
diciembre 21, 2008
No transa
-Vení, Valu, vamos a escribirle la cartita a Papá Noel.
-Bueno, mami. Quiero una guitarra, una pandereta, un vestido de princesas...
-Esperá, Valentina! Primero, hay que escribirle un encabezado.

"Querido Papá Noel:
mediante la presente, te saludo y aprovecho para decirte que te quiero mucho y te agradezco por todos los regalitos que me traes cada año..."



-Escribile que quiero la guitarra, la pandereta, el traje de...
-Esperá! No seas ansiosa. Antes de pedir hay que saludar, ser amable, atento.
-Por qué?
-Porque sí! Porque no es de persona bien educada pedir y pedir sin dar nada a cambio. Sigamos, dale:



"Querido Papá Noel:
mediante la presente, te saludo y aprovecho para decirte que te quiero mucho y te agradezco por todos los regalitos que me traes cada año.
Si considerás que me porté lo suficientemente bien como para merecer regalos este año..."



-Nooo! No le pongas eso!
-Por qué? Qué tiene de malo?
-Y... que no me porté bien. Que me sigo pasando a la cama de mis papás y si le escribis eso entonces no me va a traer nada!
-Pero él ya sabe que no dormís toda la noche en tu cama, Valu.
-Y entonces para qué querés que le haga la lista? No me va a trer nada!
-Bueno... pero la idea de la cartita es prometerle, además, que a partir de ahora, vas a dormir toda la noche en tu cuarto, sin pasarte ni joder a nadie.
- .....................................
-Seguimos escribiendo?
-No. No me conviene. Que no me traiga ningún regalo! Yo quiero seguir pasándome a tu cama. Rompé esa carta de porqueria!
-Glup...
diciembre 18, 2008
De todo se aprende.
Coherente con mis conclusiones al final de cada año, mantengo la teoría de que el año nuevo no será diferente al que se va porque nosotros no seremos distintos. Asi que, con ese panorama advertido de antemano, ya sé que no habrá grandes sorpresas agradables en 2009, aunque en el fondo a la derecha, conservo la ilusión de estar equivocada.

Pero como soy una convencida de que cada uno es responsable de su propio destino y, muchas veces, arrastra al destino ajeno con las estupideces que se manda, antes de cada doce de diciembre, insisto en predicar aquellos objetivos que yo misma me procuro como norte, intentando contribuir a la transformación humana no perecedera, que tanto anhelo.

Para eso, estuve pensando cuales fueron los hechos importantes de 2008, actitudes llevadas a cabo por algunas personas que consiguieron trascender, modificando algunas cosas y dejándonos, a veces involuntariamente, un gran mensaje o aprendizaje, a quienes tuvimos ganas de prestarles atención.

Mensaje nº 1: "Siempre se puede estar bien aunque estés mal"

Me dirijo a las mujeres que se quejan por el paso del tiempo y los estragos físicos que los años hacen con nuestras partes humanas, agravado por la ardua tarea de tener que ocuparse del hogar, el trabajo fuera de casa, los hijos, los padres, los vecinos, los esposos y ex esposos, etc. A aquellas mujeres que se entregan a la resignación, dejando de arreglarse, de ocuparse de su aspecto exterior; que prefieren las chancletas a los zapatos con tacos, los batones a la ropa sexy, los pijamas de franela y los zoquetes a los babydolls o muculosa de algodón sin corpiño.
A ellas les digo, aprendamos de Ingrid Betancourt!, que luego de seis años y cinco meses de estar secuestrada en una selva colombiana, sin esperanzas y ya sin proyectos de vida, se presentó, el día de su liberación, con un cutis de porcelana, el cabello brillante y un peinado femenino, con sus trencitas simétricas, prolijas y delicadas.
No te victimices: ponete linda pues nunca se sabe cuando llegará y cómo te encontrás el día de tu liberación.

Mensaje nº2: "No se queje si no se queja"

Ya estamos repodridos de escuchar lamentos, protestas de los criticones por el descontento que provoca la actitud de fulanita o la decisión de menganito. Todos estamos hartos de que venga uno a vituperar a otro, que por otra parte, no se encuentra presente, y estar obligados a oir una perorata improductiva, basada en chismes y murmuraciones.
Cuando esto suceda, hagamos lo que Rey Don Juan Carlos a Hugo Chávez, en la XVII Cumbre Iberoamericana, cuando el mandatario venezolano, arrancó con vuelta y media de manija y no había quien lo frene en su recriminación hacia ex presidente José María Aznar: gritémosle "Por qué no te callas!" y, si tenemos ganas, podemos agregar un "carajomierda!".
Hay que terminar con los chismes; nunca se sabe cuándo vas a ser la víctima...

Mensaje nº3: "Juegátela y bancate las consecuencias"

No hay que hacer lo que nos dicen que debemos hacer. No hay que ir en contra de nuestras íntimas convicciones. Hay momentos en la vida en los que hay que tomar determinaciones radicales, de esas que cambian el curso de nuestro barco y que, a veces, pueden hacernos naufragar. No debemos aceptar presiones ni sugerencias, solo debemos estar seguros de lo que decidimos, caiga quien caiga, pero también, debemos atenernos a las consecuencias.
Si sos macho o macha, hacé lo que sientas y creas que es lo correcto. Si sos cobarde, aprendé de Julio Cobos y recurrí a la frase que quedará en la historia: "Mi voto no es positivo. Voto en contra. Que la historia me juzgue" y salí rajando lo más rápido que te den las piernas.

Mensaje nº4: "Zapato que huye sirve para otro zapatazo"

Quién no ha tenido ganas de estrangular a una persona que nos resulta desagradable?
Quién no ha pensado, alguna vez, la frase "Ay! Si tuviese un día de impunidad..." para poder cagar a trompadas a una persona nefasta.
Cuando a alguien que merece repudio, lo tenemos a tiro, mansito, para atacar, mejor que golpearlo y ensuciarse las manos tocándolo, es ridiculizarlo.
Por eso, aprendamos de Al Ziadi, el periodista irakí quien le tiró un zapatazo oloroso a Jorge Bush mientras le gritaba "perro", dejándolo en un franco y justo (demasiado poco para mi gusto) hazmerreír, delante del mundo entero.
Claro, si estamos dispuestos a burlarnos de un ser inmundo y poderoso, procurémonos una huída rápida ya que, al pobre irakí le ha quedado como resultado de la protesta, una mano y varias costillas rotas, hemorragias internas y una herida en un ojo, a consecuencia de los golpes que ha recibido tras ser detenido por los secuaces del repulsivo Jorge.
Al Ziadi, tu causa no será en vano!

Hasta aquí, los cuatro mandamientos para el 2009.

1- Seamos agradables por dentro y por fuera. Siempre es grato que una buena persona, además, esté limpita y prolijita. Seremos más estéticos y la estética es contagiosa.

2- No permitamos el teléfono descompuesto de los chismes. Cuando hay alguien ausente que no puede replicar ni defenderse, no es justo que se permita que se hable mal de él. Todos seremos mejores.

3- Seamos nobles con nuestras convicciones. Hagamos lo que nos dicte nuestra conciencia y nuestro corazón en sociedad. Seremos más felices y, la felicidad es pegadiza.

4- Demostremos desprecio por los despreciables crónicos e incurables, pero con humor. Llegará el día en que, los que queden, no tendrán otra alternativa que cambiar pues quedarán solos y ridículos.
diciembre 15, 2008
Mamografía
La semana pasada me tocó realizar el control anual de mamas.

Unos días antes de tener que someterme al estrujamiento, comienzo a inquietarme, porque solo yo sé cómo se complica la escena, dado el tamaño de mis pechos, que caben cómodamente en una mano (la de un manco).

Al entrar al cuarto de torturas, ya sé todo lo que va a suceder. Siempre es lo mismo:

1) la técnica encargada de efectuar el exámen, recitará de memoria y sin pensar, los pasos que deberé dar obediente, para poder realizar la radiografía:

-Por favor, desvístase de la cintura para arriba. Allí hay percheros en donde puede colgar su ropa. Colóquese frente al mamógrafo, colocando los pies en donde está la marca en el piso. Gire levemente el cuerpo hacia la izquierda. La cabecita levantada.

2) Se me acercará diligente, decidida a agarrarme la teta derecha para colocármela sobre la superficie plana de acrílico, creyendo, ingénua, que pronto pasará al siguiente paso, como sucede con las tetas normales de las mujeres normales. Cuando mi mamita ( no me refiero a mi madre, sino a mi pequeña mama), está servida en bandeja, la radióloga aprieta con su pié el pedal que activa el compresor, ese que sirve para prensar, aplanar el tejido mamario. Mientras ella se concentra en esa tarea, mi teta se escurre, se desliza, se escapa.

3) La técnica vuelve a subir el compresor y ataca nuevamente a mi lola, pretendiendo expandirla sobre la bandeja inferior. La amasa, la estira como puede, hasta que parece que quedó en posición. Aprieta el pedal y, mientras el estrujador va bajando, mi teta se va escapando una vez más.

4) Aquí es donde intervengo y le advierto que no lo hago adrede, que mi pecho apenas llega a cubrir el borde de la bandeja y que, por más que la estire e intente alargarla tirándome de la punta con un gancho de esos que se usan para colgar las medias reses de novillito en los frigoríficos, la teta tiende a volver a su posición normal que es la de estar pegadita al cuerpo, nomás.

5) La radióloga ya, perdiendo la paciencia aunque no dándose por vencida, se sitúa de manera de poder realizar las maniobras pertinentes para ganarle a la pequeña rebelde. Toma aire y me pide que me ponga en puntitas de pié, intentando llevar el tórax lo más adelante posible. En tanto, ella sostiene mi menguada mamita entre sus palmas, con las que hace movimientos como si estuviese presentando un truco de magia. Cuando la suelta, finalmente, apoyándola sobre el contenedor transparente, aplastándola otro poco para que se pegotee sobre el acrílico, aprieta fuertemente el pedal, intentando no perder esos segundos, en los que la teta aprovecha, y comienza a caminar sola, marcha atrás, para regresar a su punto de partida.

6) Tanto, tanto me la estira que, al momento en que el compresor termina de bajar y la aprisiona, al fin consigue atrapar un pedacito que, por otra parte, no es mucho más de lo que queda afuera del mamógrafo.

7) La mujer, dirigiéndose a la parte trasera del aparato, unos pasos más allá, me indica que no me mueva, que no respire, hasta que ella haya tomado la radiografía. "Qué me voy a mover! Qué voy a respirar", pienso mientras tanto, "Si lo hiciera, volveríamos al punto cero!"

8) La técnica regresa a por la otra teta, pero ahora, con cara de desafío.

9) Repite de memoria y sin pensar lo mismo que antes, pero indicándome que gire mi cuerpo hacia la derecha. Así lo hago.

10) Baja lo más que puede la bandeja y me empuja con violencia hacia el aparato, "póngase bien, bien cerca, por favor". Obedezco. Se posiciona abriendo las piernas para asegurarse estabilidad, se escupe las palmas de las manos y luego se las frota entre sí, inspira profundo, aulla un grito de guerra mapuche y se abalanza sobre mi teta izquierda, estrujándomela, como quien está tirando de la soga para arrastrar a un equipo de cincuenta gordos contrincantes. Por suerte, tiene manos chiquitas.

11) "Ey! Me duele!, le digo. "No hay otra manera, aguante.", me responde enojada, como si yo hubiese llevado, deliberadamente, tetas chiquitas para fastidiarla.

12) Baja el compresor, mientras yo rezo pidiendo a los santos paganos que permitan que todo acabe pronto, que no haya necesidad de recurrir a una tenaza, una pinza o un pico de loro.

13) Cuando la sesión tortuosa termina al fin, la mujer me invita a sentar en el hall, a la espera de saber si las placas radiográficas salieron bien. Nunca, hasta ahora, debí rehacer la mamografía. No sé si es porque siempre tuve la suerte de que todo resultó okay o porque las radiólogas no quisieron repetir la odisea, por trabajo insalubre.

De todos modos, no comprendo para qué me mandan a hacer semejante epopeya si, total, cualquier bultito se vería a simple vista pues sería, sin dudas, mucho más grande que mis tetas, por más pequeño, imperceptible que éste sea...
diciembre 09, 2008
El mantel de la discordia
El "Mechupangüenvo" funcionó. Funcionó para ella y para mí. 
Estos meses de convivencia resultaron más fáciles, más gratos de lo que temía.

No sé si tuvieron que ver la distancia y el tiempo que nos mantiene remotas; si influyeron sus setenta y tres y mis cuarenta y pico; si el autogobierno en los momentos que calificaban para una buena pelotera; si la buena predisposición; si el cansancio de tanto dialogar utilizando un idioma en el cual, las mismas palabras tienen para cada una, distintas definiciones, sino opuestas. No sé si habrá habido un acuerdo tácito o un pacto silencioso. No sé si fué el "mechupangüenvo".
Solo sé que, esta vez, funcionó.

En cuatro meses, tuvimos que putearnos mutuamente, una sola vez. Fué por un mantel.

Mientras estuvo en casa, todo lo criticó: el cajón que elegí para guardar los cubiertos; la cantidad de gaseosas que consumo por semana; la comida que cocino; la sopita que nunca hago; la poca verdura que obligo a comer a mis hijos; las bombachas que uso; la falta de conciencia en el ahorro de energía; el vocabulario con que me dirijo a Valentina; la ropa con que me visto; la manera y lugar en que guardo las ollas y cacerolas; el escurridor de platos; los vasos que le parecían demasido largos; la tapa del inodoro; la cera que le paso a los pisos; que fumo; que no como; que tengo los dientes torcidos; que uso el flequillo demasiado largo; que no visito a los parientes; que no consumo "iógur"(yogurt); que no uso delantal para cocinar...
Me cambió de lugar las cuchillas, los bols y recipientes de plástico, las especias, la azucarera, los repasadores. Tiró a la mierda aquellas cosas que creía innesesarias y, casi la ahorco con el bretel del corpiño, cuando la pesqué queriendo deshacerse de las trecemil recetas de cocina que jamás consulto.

Pero el día del mantel, el día en que nos debimos putear para marcar los límites y, de paso, practicar el ejercicio que sospechábamos descuidado, el del pugilato verbal, fué absolutamente necesario para reconocernos. Si ese episodio no hubiese ocurrido, ella no era mi madre y yo no era su hija.

Tengo un mantel blanco, rústico, pesado, que utilizo, en general, para cubrir la mesa del quincho, aquellos días en que hacemos asadito. Me encanta ese mantel! Lo adoro. Sin embargo, mi madre, lo odió desde la primera vez en que lo vió, como odió la tapa del inodoro, las recetas de cocina acumuladas y olvidadas en un cajón y el tacho de basura a pedal. Ciento cinco veces me dijo que no debía utilizar ese mantel, que parece un cubrecamas, que no era práctico y que, en cambio, debería utilizar uno de plástico, porque son más fáciles de limpiar y luego, no hay que plancharlo.
Ciento cinco veces le dije, educadamente, que no me hinchara las pelotas, que aquel mantel me gusta y que los de plástico son de tanos inmigrantes sin el mínimo sentido del gusto, la estética, la ética y el olfato, ya que dan olor a podrido.
Ese día, el de la discusión, mi madre sacó del ténder el mantel limpito y sequito, utilizado el domingo anterior en ocasión de una cena con amigos y noté que hizo con él un gran bollo, como quien prepara un trozo de algo para tirarlo a la mierda. Por lo bajo, la oí decir cosas como "Esta porquería no va más..." y " No es práctica, no sabe economizar el tiempo" y, la frase que consiguió "deschupagüevizarme": "Se lo voy a tirar asi no lo usa más".
Mi mamá, tiene la honesta desgracia de pensar en voz alta, de pelearse con mi hermana, con su hermano, conmigo, con el vecino sin la necesidad de tener a ninguno de ellos presente; discute sola, les, nos dice lo que tiene ganas de decir y, suponiendo las respuestas, les, nos responde enojada, asegurándose siempre el éxito de la disputa virtual. A veces, termina con un "Tomá! Te lo dije", sin habérselo dicho nunca a nadie.

-Qué dijiste? Que me vas a tirar qué?- pregunté buscando roña.
-Esta porquería de mantel. Yo no sé qué tenés en la cabeza vó! No te das cuenta que este mantel no va? No es práctico?
-Por qué no es práctico?
-Porque es pesado. Porque es fastidioso. Incómodo. Las mujeres con dó dedos de frente no tienen manteles asi-dijo, atizando el magma de mi memoria colérica.

Hacía un rato que no teníamos una agarrada tan enérgica. Yo me limitaba a hostigarla preguntándole y repreguntándole los porqués, buscando su mirada, parada tan cerca de su mejilla que parecía tener la intención de morderle un cachete, como el malo de la película de Cabo de miedo que personificó Robert De Niro a la chica fea que se había llevado a la cama. Ella se negaba a responder y solo repetía que soy una mala hija, que siempre ando buscando motivos para guerrear.

Chequeé que era, definitivamente, mi mamá y que yo era Sonia.
Sirvió para descargar y, parece, fue suficiente, casi como hacer un pis largo, después de haber retenido muchas horas o tallarse la cruz con una uña, sobre la picadura de insecto que pica y pica, para que no pique más.

En cuatro meses, tuvimos un solo combate, por un mantel. 
Ahora, no sé si hacerlo un bollo y tirarlo a la mierda o guardarlo como souvenir.

diciembre 03, 2008
Catalepsia selectiva
Muchas veces, pongo en autos a mi marido sobre las novedades de algún tema que le mencioné en otra ocasión. Siempre me sorprende con su sorpresa:

-Aaaah! No sabía nada! Mirá vos!
-No sabías QUÉ COSA, Marcelo?- el "qué cosa" lo digo enfatizando la q y la c y, sobre todo, el acento en la e.
-De lo que me estás diciendo. No estaba enterado.
-Te lo conté el martes.
-No me lo contaste.
-Si te lo conté. Estuvimos hablando sobre el tema.
-No. Nunca me contaste nada. Vos crees que me lo contaste pero no.
-No me prestás atención! Yo hablo y pasa Scarlet Johansen desnuda por la cocina.
-Ojalá! Pero no pasó la Scarlet desnuda y tampoco me dijiste nada. Es que hablás tanto tanto tanto todo el tiempo, que perdes la cuenta de las cosas que decis y a quien se las decis.


Yo se lo dije.Estoy segura. Si hasta recuerdo adonde estábamos parados y qué estaba haciendo: doblando ropa recién sacada del ténder.

Siempre es lo mismo, desde hace veintitrés años; le cuento cosas que me resultan interesantes para compartir y él, ahí parado, me mira con ojos sin alma, simulando escucharme. Yo, entusiasmada, pierdo el tiempo relatándole detalles del asunto y, aprovechando que no interrumpe, porque no tiene nada que decir pues no tiene idea de qué corno le estoy hablando, parloteo hasta agotar el tema o agotarme yo. Al divino botón.

Encuestando a mis amigas, descubrí que el 90% de los esposos, manifiestan la misma sintomatología cuando sus mujeres les hablan acerca de un tema que a ellos no les interesa en absoluto. Los otros, los que pertenecen al 10% restante, son maridos polleduros.
Los síntomas que presentan estos hombres en el momento en que comienza el relato sin trascendencia son:

rigidez corporal
no responden a estímulos
la respiración y el pulso se vuelven muy lentos
la piel se pone pálida
los párpados se resisten a caer

Es una especie de estado catatónico en el cual, el marido que parece escuchar atentamente, en realidad, es un muerto vivo o un vivo muerto.
Hay casos que resultan más graves aún, en los que el marido hasta pierden el control de esfínteres.
El síndrome dura lo que dura el relato de la esposa y el hombre recupera la apariencia de normalidad, apenas la mujer deja de hablar. Milagro! Milagro!

De lo dicho durante el trance, está científicamente comprobado, no queda nada o, a los sumo, alguna palabra suelta.
Lo pude constatar ayer, cuando decidí hacerle a Marcelo, la prueba del "muertito pero no tanto".
Probé meterle, en medio de la narración de una anécdota ajena, una frase que, en cualquier otro momento, en otro contexto, le hubiese molestado u ofendido o enojado.

"...y entonces yo le dije a Ginger que qué idiota la tipa, que cómo no resolvió la situación de inmediato, sabiendo que había personas mayores sin luz y sin agua, sobre todo en los pisos superiores. Y Ginger me respondió que ya se habían puesto de acuerdo todos los copropietarios y que mi marido es un salame con cara de pánfilo y yo le dije que tenía toda la razón. Así no se puede vivir! No te parece?"

-Y...si...
-Sí, QUÉ?- poniendo énfasis en la q y el acento en la e.
-Que sí. Que si! Que tenés razón...

A confesión de parte...



diciembre 01, 2008
El opa y las endorfinas
Hace cuatro días que salgo de mi casa tomando la precaución de mirar hacia ambos lados antes de apoyar un pie en la vereda.
Hace cuatro días que salgo de mi casa cubriendo mi rostro con anteojos negros para el sol, aunque esté lloviendo, porque no quiero que se vea para donde se dirige mi mirada.
Hace cuatro días que, cuando salgo a la calle, lo hago llevando un bolso resistente de cordura conteniendo un ladrillo que puede servirme a modo de arma defensiva en el caso que deba utilizarlo para golpearlo mientras le pateo las pantorrillas.
Hace cuatro días que salgo de mi casa calzando zapatos deportivos cómodos por si tengo que salir corriendo.


El día de mi cumpleaños me levanté a las seis de la mañana porque la tradición exige que las viejas deben estar muy temprano en pié para aprovechar el día y hacer que valga el doble. Asi, uno experimenta la sensación de que vive la vida en 2x1 y pareciera que dura más de lo que queda.
A las ocho, bordeadora en mano, estaba cortando el pasto en la vereda. Por el rabillo del ojo, veo acercarse a Lucy, mi vecina, mi depiladora, la esposa del Loco, la madre del Opa.

-Ay, Sonia... Ayer le dije a mi hijo que hoy era tu cumpleaños y, desde ese momento, no paró de insistir en que debíamos hacerte un lindo regalo! Está entusiasmadísimo. Casi no durmió pensando en qué podía regalarte, hasta que se le ocurrió y esta mañana temprano, tuve que ir hasta la casa de Fina, que vende productos de Avon, para comprártelo. Ahora te lo traigo. Esperame acá...- y se fué corriendo para el lado de su casa.

Quedé sosteniendo la bordeadora, sorprendida. Un hombre no había podido dormir pensando en mí... Un opa tenía que ser!
Lucy regresó con una bolsita de cartón azul francia brillante y me la entregó.

-Tomá, Sonia. Éste es el regalito que Josecito quiso hacerte- y, mientras yo abría el paquete, ella continuaba con el relato de cómo había sido toda la situación, para que imaginase el escenario y conseguir, supongo, emocionarme hasta las lágrimas- Él repetía "es que es taaaan buena; es taaaan linda....". Vos sabés que mi hijo no es demostrativo y que le cuesta mucho expresar sus sentimientos, pero con vos, no sé qué le pasa. Te adora! Tiembla cuando habla de vos o cuando te ve! No hay sesión con la psiquiatra en la que no te mencione. Espero que te guste y que lo aprecies, porque, te juro, él lo eligió...

Era un perfume; un Sweet Honesty, de Avon.
Ay, madre mia! Qué fatalidad! Qué desdicha! Qué calamidad! Qué contratiempo! Qué asco...!
Había leído, una vez, que cuando los hombres se sienten enamorados, regalan chocolates o perfumes. Parece que ambas cosas, son estimulantes directos de las endorfinas, unas moléculas liberadas por el Sistema Nervioso Central, que actúan a nivel cerebral produciendo experiencias subjetivas, que son sensaciones intensas y contribuyen a la producción de hormonas sexuales.

-Ahhhh! Qué leeendo...- No sabía qué corno decir. Con el frasquito en la mano, solo se me representaba la imagen del opa, liberando y transpirando endorfinas, mientras pensaba en el momento en el cual recibiría su regalito especial.- Gracias, Lucy... Decile que le agradezco, que aprecio enormemente este gesto.

-Se lo podés decir personalmente, si querés. Mirá, ahí está, en la puerta de mi casa. No se animó a venir.- Giré la cabeza hacia mi izquierda y lo ví, paradito, derechito como si tuviese un palo tutor en el upite. Sonriente.
Qué se suponía que debía hacer? Ir a darle un beso? Ni en pedo! Abrazarlo? Ni loca!
Sin darme cuenta, de puro nerviosa que estaba, apreté el botón que activa la bordeadora con los cuatro dedos de la mano y comenzó a funcionar haciendo girar la tanza sobre la capellada de mis zapatillas. Pegué tal grito de dolor (me dolió en serio), que parece haber asustado al muchacho quien entró corriendo a su casa, desapareciendo de escena y evitándome asi, el mal momento de tener que estarle frente a frente, y darle argumentos para sus futuros ejercicios motrices con miembros superiores, estimulado por la hormona del placer y la felicidad.

-Bueeeeno- me dijo Lucy conciliadora- en otra ocasión se lo decís. No sabés lo contento que se va a poner!


Hace cuatro días que soporto esta inquietud, este temor de cruzármelo casualmente o que me espere en alguna parte, escondido, para que liberemos endorfinas juntos...

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